Si te digo que soy feliz, ¿por qué te enfadas?

En esta sociedad, donde la comodidad, para que nos vamos a engañar, es la esencia de nuestras vidas, no obstante, esto, la mayoría de personas se rigen por el patrón de la amargura. ¡Se quejan por todo!

28058600_217816002115500_6430662756526464287_nEn esta sociedad, y valga la redundancia, tenemos la posibilidad, de escoger, entre todas las comidas del mundo, a nuestra disposición. Con un simple click, conectas con las personas que quieres y aprecias, facilitando la comunicación sea cual sea su residencia en todo el mundo. Tenemos la comodidad de poder viajar por casi toda la esfera terráquea, por dos perras y media. Disponemos de casa con calefacción, coche, lavadora, electricidad, agua caliente, televisión, varios teléfonos en una misma familia, internet todo el puto día, cómodos sofás y camas, ropa para dar y regalar, etcétera, etcétera, etcétera. Y… ¡Siguen amargados! Eso de ser bien nacido y agradecido, de momento, lo dejamos.

Y es que, seguramente, nadie se imaginaba el dos mil dieciocho. Sin duda alguna, la fibra, ha corrido más que las mentes de muchos. Las expectativas podían ser más o menos, pero lo que es una realidad, amigos míos, y a mi gran pesar, es que la gente no vive una vida muy plena, si no más bien, en “quejicosomundolandia” o en “tocahuevospuntocom”, y la “genialidad” de todo, es, si muestras tu felicidad, te tildan de loco o tonto. O te sueltan un ligero, ¿tú si qué vives bien, no? Entonces uno se pone en modo, no te respondo porque veo tu envidia que va del Polo Norte directo al Polo Sur. Por no decir, que también, va desde Rusia hasta la Patagonia Argentina. Pero una, como se alegra por los demás, se ríe y dice: “Seguramente tu no estás tan mal como dices.” A lo que responden: “Pues la verdad, que no me puedo quejar”. ¿Perdona?

Sigamos, porque nos encontramos la fauna de las faunas. Aquellos que se enfadan contigo, porque dices y comentas que vives una vida plena, feliz, y te sientes orgulloso, ¿por qué no? De ti mismo. Qué tienes una vida cómoda, y que solo puedes que estar, agradecido. Y en este momento, es cuando sucede para mí el gran X-Files. ¡Señores que se enfadan! ¡Pero se enfadan de verdad! Te tildan de egocéntrico, egoísta, tienes problemas sin resolver, no sabes ver la realidad, no entiendes los problemas ajenos, y mil historias más. Ya me diréis, que tiene que ver, el tocino con la velocidad. Pues así es, cuando algo no les cuadra, te tratan mal. El ¿por qué? No tengo ni la pajolera idea. Se ve, que el saber gozar de tu vida, es un pecado más, en la nueva tabla de los mandamientos y pecados capitales. Sí, sí. Es así.

Entiendo que tenemos una vida de “estrés”, entre comillas, y muy entre comillas. Pero, bueno.

Mi “qué” de esta semana, es tan simple, de por qué la gente se enfada cuando alguien es feliz. Lo “normal”, sería que se alegraran por ti, y que se contagiaran de ello. ¡Pero no! Enfados, celos, malas palabras o gestos con la cara como el mismo Sheldon de “ The Big Bang Theory ”. ¿Tanto cuesta alegrarse por la vida de los demás? Creo que no hay mejor regalo que ver la gente feliz. El contagiarse de su energía positiva, sus ganas de construir y realizar sus propios sueños. No hablo de proezas y grandes conquistas, hasta las más pequeñas cosas, incluso son las mejores y las que más satisfacción dan. La enfermedad del siglo veinte y uno, tendría que ser la felicidad. ¡No la depresión! Nos estamos contaminando de malas vibraciones, prisas constantes y no pararse un momento a saborear.

Mis gozos y mis felicidades, constan en sentir el calorcito del Sol en mi cara. Hacer algo bueno por una persona, sin esperar nada a cambio, si no de corazón. Sentirme feliz por lo que va bien, y lo que no tanto, ponerle de todo y más para que vaya. Ver la sonrisa y la felicidad de la gente que quiero. Pasear sola, en medio del campo y sentir que el viento es mi aliado. Cantar, aunque lo haga fatal. Bailar sin parar, aunque me caiga. Ver esa película que tanto me emociona. Mirar viejas fotos. Tener buen sexo. Relajarme en un buen baño caliente. Comerme una bolsa llena de gominolas. Practicar yoga. Leer un buen libro. Sobre todo, dar las gracias, cada día, por todo lo bueno que me regala esta vida, porque amigos, solo vivimos esta, y solo pasamos una vez por ella. Sé que parece obvio lo que digo, pero lo olvidamos constantemente. Lamentarse por lo que no va, solo va a hacer, que no vaya. ¡Y una mierda seguro!

Ya no me permito hablar de leyes de atracción, ni teorías del New Age, ni soy un coach emocional. Simplemente, digo, ríe lo máximo que puedas, que los problemas de verdad, son aquellos que no tienen solución alguna.

Tampoco voy a renegar de los “realistas”, que ahogan. Hay que aceptar a todo el mundo. Pero me juego lo que sea, que mi personita se va a dormir con mejores sensaciones que tales personas. Si todos queremos lo mejor para unos mismos, ¿por qué nos alegramos por los demás?

Empatizar con los sueños de los otros, no decir que son necios por tenerlos. Vivirlos al máximo, para que se sientan apoyados. No somos misántropos en cuevas, vivimos en sociedad, el ayudar y querer crecer es algo, que al menos a mí, hace que reine la felicidad en la particular vida que vivo. Y digo particular, de un modo completamente consecuente y coherente.

Con el post de esta semana, no quiero parecer la buena samaritana que solo tiene buenos pensamientos. ¡Vamos, me enfado como buen hijo de vecino! Pero lo que sí, siento, es que cuando alguien, conocido más o menos, me cuenta cosas buenas que le pasan en su vida, solo puedo que alegrarme y sentir orgullo, porque lo comparta conmigo.

No voy a entrar en el debate moral, ¿si alguien asesina también te alegrarás? Siempre hay el clásico, que aunque se hablen de cosas buenas y de ser mejor persona, pone su granito de arena de toca huevos. Así, que a los que tengáis grandes ideas porque sois unos resentidos y amargados, abstenerse, gracias.

No hace mucho, que he empezado el camino del abstenerse. Parece surrealista, pero decir abstenerse: uno, sienta divinamente. Y dos, tienes una baza más que elegante, para la gente que es cazurra. Pero, de esto, ya hablaremos otro día.

Así que, volviendo al tema de esta semana, con mis palabras solo quiero contribuir a un mundo un poco mejor, lleno de buenas intenciones. Y aunque parezca una estupidez o algo obvio, alegrarse por los demás y compartir felicidad, solo hace que vuestra vida sea más plena y sincera, llena de buenos momentos compartidos y vividos, con la alegría de sentir alegría.

 

Continua, siempre continua…

Te quiero como el champagne

El-tapon-de-una-botella-de-champagne-sale-despedidoEn esta nueva sociedad, donde las redes sociales, son el pan de cada día. Donde ya no existe más la coincidencia, si no, el que te doy un like, te escribo. Me informo de todo y más en tus diferentes perfiles, tengo un montón de información, y si, me siento cómodo/a, nos vemos.

Ya no existe más el misterio. El descubrir. El saber. El interés. Lo tenemos todo, en bandeja de hojalata, que poco nos sirve, porque solo nos ayuda a tener muchos prejuicios y juicios, y pocas relaciones de calidad, sinceras y profundas.

Imaginemos…

Me gustaría imaginar, que tenemos la capacidad de retroceder en el tiempo, y nos vamos sobre los años noventa. No estoy pidiendo mucho. Y lo sé, que no pido mucho, contando que nuestra historia, y para simplificar, solo la del homo sapiens es de 315000 años, más o menos. Por lo tanto… ¡Qué son veinticinco años! ¡Nada!

Pongámonos en situación. Es divertido imaginar, ¡vamos!

Son las once y media de la noche. Has quedado con el grupo de amigos, en el bar de “moda”. Sin duda, vas vestido/a para triunfar. ¡Por suerte esto nos lo hemos quedado para nuestros tiempos! ¡Nuestro plumaje para la caza! (aunque por desgracia, hay gente, que el sentido del estilismo lo perdió con el primer homo sapiens) ¿Te acuerdas de esas miradas inocentes? ¿Qué no disponías de ninguna información? ¿Qué era casi imposible hasta saber su número de teléfono? ¿Qué las hazañas eran mil para poder tener un mínimo contacto? Y solo estoy retrocediendo veinticinco años. ¡Ya no hablo de la época de nuestros padres! Y de nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etcétera, etcétera, etcétera. ¡Olvidaros!

Continuemos con la situación, estas en el local con tus amigos. Vas al baño, esa persona que tampoco te quita el ojo de encima, va detrás de ti. Os encontráis en el mismo lugar, haciendo cola, y ese nerviosismo que sube por las entrañas, y que te vuelve, medio cazurro, para cambiar dos palabras más que tontas, pero tan llenas de sentimiento, emoción y exaltación. Esos momentos, que se te quedan en la retina, y que por más que quieras, no podrás olvidar en tu vida. Lo único, que deseas, es comentar con tus amigos/as el encuentro, y si eres muy reservado/a, lo soñarás durante toda la semana abrazada/o a la almohada. Saboreando cada palabra, cada movimiento, cada gesto, cada sonrisa. Y eso, amigos míos, era magia. Al menos, para mí, era pura magia.

No tenías ni la opción, de mandar mensaje ni llamar. Primero porque WhatsApp no existía, un estrés menos. Y segundo, esto ya eran hazañas de caballeros galantes, quien tenía un par de buenas “”, de coger el teléfono fijo de casa, y no solo enfrentarte con la respuesta al otro lado de la línea por el padre o madre del que te gustaba, sino que también, de saber, que tenías pocos minutos para conquistar a esa persona que durante horas habías anhelado, y por horas habías imaginado la situación, y que ¡en un ya! tenías que poner toda esa poca carne al asador, con los ojos clavados en tu cogote, por parte de algunos padres.

Tantas veces, esa llamada no se daba, pasabas una semana pensando en el que te gustaba, hasta la siguiente salida no tenías oportunidad de hablar. Sé, y soy consciente, que parece “como” muy adolescente, aquello que os explico, pero es así, sin la tecnología. De verdad.

Sigamos imaginando.

Las relaciones, sabían mejor, tenían un gusto de buen cocido elaborado por horas. Eran victorias, cuando al fin, tenías la primera cita. Era realmente tocar el cielo, todo ese transcurso, tenía la recompensa después de quizás, meses. Era tocar el nirvana, ¿o no? Era un proceso, quizás si, un poco largo, ¿pero no merecía la pena? Para mí, amigos, la verdad que sí. ¡Era gloria y más!

No desprecio la tecnología, gracias a ella, tenemos muchas más ventajas, pero, sigamos imaginando.

Ese primer contacto, esa primera cita. No tienes, casi ninguna información de esa persona, pero eso sí, al menos sabes su nombre y apellidos. Cosa que ahora sales, y estas mil horas con una persona y no sabes, ni sus santos apellidos, ¿no es surrealista todo esto? Tenemos mil informaciones sin relevancia, y quizás las más importantes, las obviamos.

El mundo está cambiando, y nosotros con él. Pero me gustaría imaginar un poco más.

Las primeras citas son como estar en París todo el tiempo, soñando a cada momento en modo “La vie en rose”. Nunca sabes cuándo se va a dar la próxima, los contactos son limitados y es cuando, el hombre (siento ser retrógrada, y acepto de muy buen grado mi condición) empieza hacer locuras. Que si pasa con el coche por delante de tu casa, a las once y media de la noche, haciendo luces como un tonto. Escribe esas cartas de amor que deleitan hasta el más escéptico. Llama y cuelga a tu casa. Esas cosas, amigos míos, que hacen que vueles por horas y que te sientas, todo el tiempo, como la princesa de cualquier cuento infantil, ¡N O       T I E N E       P R E C I O!

Y es que, el amor es así, es bueno cuando se cultiva, cuando crece poco a poco, sin ninguna prisa y de forma natural. La tecnología ha matado el romanticismo.

Te quiero como el champagne

Y es así, amigos, como llego hasta este blog adolescente.

Yo no me quiero quejar de la tecnología, ni de las redes sociales, ni de todas las facilidades que tenemos en estos momentos… no quiero; ¡pero me quejo!

Es horrendo, como se desarrollan hoy por hoy las relaciones. Ya no hay romanticismo, ya no hay interés. Si tu no me vas bien, te cambio por otro/a. Total, tenemos cientos de aplicaciones que nos facilitan el conocer a mil, en diez segundos. Y si, es bonito, saber cuanta gente le gustarías, pero también es agobiante, al menos para mí. Todo ha cambiado.

En vez de un primer encuentro, tienes una entrevista de trabajo, ¿a qué te dedicas? ¿Qué has estudiado? ¿Estado civil? ¿Hijos? ¡Qué huevos! El amor se ha reducido, a cuestionarios del tres al cuarto, sin ninguna profundidad, empatía, entrega, ganas, juego, seducción, misterio… ¿En qué lugar de la Mancha cuyo nombre si quiero acordarme se ha perdido el romanticismo? Bah…

Y es así de sencillo, te quiero como el champagne es una realidad. Los primeros días, y si eres osado, hasta los primeros meses son como la gran magia de tu vida, pero a la mínima que no vaya bien, te cambio en tres coma dos. Tenemos reacciones desmesuradas, como cuando abrimos una botella de champagne, pero después, se queda en nada, como el mismo champagne. Total, sabemos que solo hace falta entrar en una aplicación y tendremos mil propuestas más.

Soy consciente, y no estúpida, que no te puedes quedar con la primera rana que “beses”, pero si, que si has sentido alguna sensación muy positiva con esa persona, apuesta, y apuesta fuerte. No todo va a ser, de color de rosa, no seamos estúpidos. Estamos todos, medio tarados ¡por favor! ¡Seamos realistas!

A todos, ya nos han roto el corazón. Ya hemos vivido desilusiones e ilusiones. ¿Por qué no dejamos los miedos debajo de la cama y empezamos a vivir las relaciones de forma plena?

Que el champagne dure toda la vida. Que las sonrisas sean las cómplices de momentos desagradables. La amistad, sea la base de una buena relación sentimental. El ofender por ofender, se quede con tus miedos. Las ganas de construir sean más grandes que las ganas de destruir. Cuando mires a los ojos sepas que hay tanto por desnudar, conquistar y atrapar, olvidando que existen mil herramientas que te ofrecen la información. Y que las ganas de amar, se alimenten cada día ¡como una botella de champagne recién abierta!

Continua, siempre continua…

DSO

Te echo de menos Bali

23794891_192302348000199_2771180885850900044_nDespués de unas cuantas horas y un poco más, llegué a ti. Olías diferente, tus ritmos de vida eran diferentes, tu calor de sauna era diferente. Necesité unos cuatro días para entrar en ti, el jet lag no perdona a nadie.

Después de dormir cuando no debía, de comer cuando tenía hambre y albergarme en la ciudad del caos, Denpasar, te empecé a vivir.

Me dirigí al norte, cerca de tu querido y hermoso, volcán Agung. Imponente, desde las playas de Amed lo veía. Un gigante me parecía, delante de una pequeña niña risueña, yo. Envuelta de los naranjas zanahoria, sésamo, albaricoque, jengibre y ámbar, de tus eternos atardeceres. Allí, entre el baño tibio del océano y las caricias simples en mi piel, me desnudaba poco a poco, enfrente de tus ilimitados encantos, querida Bali. Cada día, era un regalo para mi alma y para mi ser. Tu simple forma de vida. Tu amor por ella. El acoger sin pedir. El amar sin decir. El creer sin mirar. El tocar con el viento. El susurro de los templos. Tu belleza, tu realidad.

Ya desnuda, viviendo solo por ti, te recorrí a cada kilómetro. Ubud, Singajara, Jimbaran, Tulambem, Kuta, Canggu, … Pero solo, fui tuya, cuando llegué a Uluwatu, allí en el sur pérdida está, pero con más encanto que nadie reside.

No sé que me hiciste, pero me transformaste. Sentí como me querías en cada movimiento, en cada aliento, en cada suspirar. Eras un niño bueno y tímido, que sin decir nada, me arrastrabas cada vez más y más en tus inclementes olas, en tus comidas picantes y en tu juego de la discreción.

Cierro los ojos y te veo.

Veo como a las siete de la mañana, entra ese sol sin clemencia por mi ventana anunciando el nuevo día. Como siento tus carreteras que me llevan a esos lugares, que parecen creados por la mano misteriosa de vuestros dioses. Esa naturaleza salvaje donde sientes que formas parte de algo realmente importante. Tus frutas… ¡El pecado más sabroso!

Quiero cerrar los ojos y verte más, pero te extraño, y eso, me duele en el alma. ¿Cómo puedo quererte tanto conociéndote tan poco?

Me desvivo por volverte a ver, quiero volver a rozarte y sentirte. Quiero cantar bajo la luna que ya eres mía. Bueno, mejor dicho, quiero sentir que ya soy tuya. Que te pertenezco y que me quieres para siempre. No solo instantes…

Te echo tanto de menos…

Podría decirte mil cosas bellas, mi querida Bali, pero me reservo. No te quiero empachar con palabras llenas de sentimiento, los excesos no son buenos. Por eso, te tengo aquí, cerca de mi pensamiento, alma y corazón, para cuando te vuelva a ver, entonces sí, te embriagaré con cientos de ritmos y palabras, dedicadas y escritas, como siempre, solo para ti.

Te veo, te veo siempre…

Continua, siempre continua…

DSO